6/04/2007

Hacia un mundo mejor


Los soldados invaden las tristes y desoladas calles. La calle llora y las gotas van cayendo mojando a las pobres mujeres que andan juntas. Piensan que van seguras, que forman un equipo. Pero ni el mejor de los equipos puede vencer a las balas de las armas de los soldados. Éstos disparan con sus armas y las balas penetran en sus cuerpos y se llevan de viaje a sus almas, que nunca volverán, así como a sus cuerpos que quedan inertes en el suelo.
Y sus almas, desde el más allá, se preguntan cuánto tiempo van a pagar justos por pecadores.
Es el precio de la sucia guerra.
(JA. L., 1º ESO)

EL JARDÍN



Se subieron las persianas y las ventanas se abrieron. El olor fresco y matutino del jardín se cuela por las ventanas. Las briznas verdes de hierba son suaves y húmedas. Dan cobijo a escarabajos y hormigas, mariquitas y lombrices, que en éstas tienen su casa. Verdes espigas y blancos dientes de león se abren camino hacia la luz del sol que, como todas las mañanas, alumbra melancólicamente este paisaje. Es un paraje silencioso hasta que despunta el alba y los pájaros despiertan a los niños que a su lado, dan clase. Tras los hierbajos se sitúa alguna que otra zarza, cuyas punzantes ramas impiden a las aves que allí habitan, comer de sus frutos. Tras todo el paisaje, cipreses y algún que otro pino rodean lo que fue en sus tiempos la capilla. Los cipreses se alzan fríos, orgullosos, sobre sus pequeños compañeros que, a su lado, intentan crecer. Por encima de los árboles, los pinos y los abetos cobijan a los pájaros que, apresurados, buscan pequeñas ramitas para fabricar sus nidos y, al invierno siguiente, poner sus huevos. Como fondo para tal cuadro, algunos edificios ya viejos, miran golosos al jardín queriendo ser verdes como la hierba, punzantes como las zarzas, altos como los cipreses, hermosos como los abetos y los pinos y frescos como el olor matutino que se respiraba en el ambiente.
(S. N.S., 1º ESO)

El jardín del instituto


En la zona más remota de Madrid, en un barrio sureño, en un instituto de la zona se puede encontrar un verde resplandeciente. El pequeño paraiso juega con ventaja respecto a los demás, ya que provisto de un festín de luces, brillos y sombras, hace de él una mansión para los pájaros más vulgares y para los insectos más bellos. Cuando silba el viento y los pájaros cantan su graciosa canción, la hierba ronronea al tacto del viento. Sus múltiples verdes y su variedad de flora lo transforman en un lugar apacible donde contactar con la naturaleza.
Un jardín urbano con un olor suave y húmedo limpan por completo tanto los pulmones como la mente.
Cuando el cielo llora y derrama su tristeza y el viento ulula golpeando este lugar, el jardín no pierde belleza sino que emerge naturalmente brindando un interés especial.
Sus formas, sus siluetas y esos colores como si de la jungla se tratase, hacen sentir por él una fascinación gigantesca.
Algo así no se comprende con nombres científicos, ni con microscopios. Es algo que te remueve interiormente y recorre por tu espalda un escalofrío cálido.
Es un jardín especial. Es nuestro jardín.
(G. C. R., 1º ESO)

Cumpliendo sueños


Hace mucho tiempo nació un unicornio en una noche oscura que parecía de terciopelo negro lleno de piedrecitas preciosas. El unicornio no poseía cuerno. Su pelaje era azul claro por todo el cuerpo y sus crines, plateadas. El pequeño reunía la belleza de su madre junto a la vitalidad y el vigor de su padre.
El joven unicornio crecía entre las nubes, en un paraje fantástico. Se despertaba cuando el sol empezaba a despuntar y se dormía cuando el cielo se quitaba el vestido azul y se ponía el traje negro.
El unicornio llegó a ser un adolescente muy responsable aunque no podía dejas de preguntarse por qué no podía bajar a la Tierra y conocer a gente. Quería tener amigos diferentes a él, de los que poder aprender. Sus padres le explicaban que allí abajo nadie les conocía, solamente algunos elegidos y en cuanto alguien le viese, desearía cazarlo para un circo o lugar por el estilo, donde todos pudiesen observarle. Otros, no creyentes en él, pensarían que lo visto no es más que una simple alucinación. Y algunos creyentes, al contarlo, los tomarían por locos.
Cuando el unicornio se convirtió en un adulto, decidió bajar y descubrió que todo lo que sus padres le habían contado era verdad: tuvo que huir de hombres que deseaban cazarle; otros, le veían y se engañaban a sí mismos diciéndose que sería un espejismo; y otros, creían haberlo visto y deseaban conocerlo. Pero curiosamente, aquellos que querían estar con él eran, en su mayoría, niños pequeños. Eso llamó especialmente la atención del unicornio.
Desde entonces, el unicornio baja todos los años a la Tierra para pasar por todas las guarderías y escuelas donde hay niños pequeños para hacer realidad todos sus sueños.

(J.B., 2º ESO)